MA MA MA

MANUEL + MARTIN + MARCO

Mis hermanos.

Los niños parecen estar hechos para ser vigilados por una cámara. Tienen la mágica cualidad de sorprender constantemente. Cuando crees haber visto todos los gestos posibles, te sorprenden con una nueva mueca que, inevitablemente, consigue arrancarte la más sincera de las sonrisas. Si a eso le añadimos que estoy hablando de mis dos hermanos pequeños, Martín y Marco, ya podéis imaginar mi reacción. La cámara no solo me ayuda a mirarlos, me permite no olvidarme de nada. Porque no quiero olvidar ni el más pequeño de los detalles. Tengo la inmensa fortuna de ser mayor que ellos, lo suficiente para disfrutarlos desde una perspectiva adulta, desde ese punto en el que te dejas llevar por su risa contagiosa y regresas a esa edad en la que salpicar en la bañera suponía una aventura, en la que una caja de cartón era un castillo por descubrir, esa edad en la que todo era bueno y divertido.

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Hablar de cariño hacia ellos es quedarse corto, ridículamente corto. Por eso, porque me faltan las palabras, es por lo que dejo que mi cámara hable en mi lugar. Ella sabe contar mejor que yo lo que intento deciros. Mi cámara, que se mueve con ellos, porque, al igual que yo, no se quiere perder nada, esa cámara atrapa instantes cargados de belleza, de una inmensa ternura, pero, sobre todo, atrapa momentos cargados de vida. Los niños son eso, por encima de cualquier otra cosa, vida, que llega como un regalo envuelto en optimismo y de ganas por descubrir. Ellos me enseñan a mí, me enseñan a seguir siendo curioso, a olvidar las penas pronto, en definitiva, a dejar que esa vida juegue conmigo. Ellos me enseñan a vivir. Yo, simplemente, me rindo y los adoro. Estas fotografías son mi manera de darles las gracias por haber venido aquí, conmigo.